De Dios abajo, cada cual vive de su trabajo.

    Por: Javier Maestre

    Índice

      Presentación.

        Sobre el autor.

        Resumen/Summary.

        Palabras clave.

        Introducción.

        Metodología.

      El problema no es el Estado.

      Origen del Estado como organización que supera el ámbito tribal previo a la revolución neolítica.

        Violencia y confianza.

        Relaciones entre los diferentes grupos.

        El camino hacia Bitcoin.

      Derecho y función jurisdiccional.

      Derecho internacional.

      El Estado y sus problemas.

        Las sanguijuelas del Estado, fruto del sistema de incentivos.

        El engañabobos de izquierda vs derecha y los ultramegaextremofascistas.

        Racismo. Welcome refugee.

        Principios jurídicos que se desvanecen.

        La diarreica elenfatiasis de la Ley.

        La democracia. el retorno de la violencia.

      Bitcoin: catalizador, no solución.

      Referencias.

      Presentación

        Sobre el autor

          Javier Maestre es un abogado español que lleva trabajando en asuntos relacionados con Internet desde los años 90. En 2014 empezó a estudiar Bitcoin, sobre el que tiene numerosos trabajos publicados y que ocupa ahora gran parte de su actividad profesional. Es profesor de la Universidad de las Hespérides, donde imparte la asignatura de Bitcoin y Legalidad en el Posgrado en Bitcoin y en el Máster en Bitcoin, así como del Máster en Asesoría Fiscal de la Escuela de Práctica Jurídica de la Universidad Complutense de Madrid, donde imparte un módulo sobre fiscalidad y criptoactivos. Así mismo es participante habitual es eventos y actividades formativas relacionadas con Bitcoin y los Criptoactivos.

        Resumen

          El artículo analiza la evolución de la organización social humana, centrándose en la relación entre violencia, confianza y la función del Estado. El autor sostiene que, aunque el Estado ha sido tradicionalmente la principal unidad de ejercicio de la violencia legítima y garante de la cooperación social, los incentivos perversos del sistema político actual están erosionando los principios jurídicos fundamentales que han sustentado la civilización occidental.

          Se destacan la presunción de inocencia, la igualdad ante la ley, la protección de la propiedad privada, la privacidad y la libertad de expresión y de empresa como principios en crisis, debilitados por la hiperregulación, la politización de la justicia y el clientelismo. El texto subraya que estos principios no surgieron de imposiciones arbitrarias, sino de un proceso evolutivo de prueba y error que permitió la supervivencia y el progreso social.

          El artículo argumenta que la democracia de masas y el sistema monetario FIAT han generado incentivos que favorecen la corrupción y el deterioro institucional, poniendo en riesgo la legitimidad del Estado y la convivencia pacífica. Frente a este panorama, Bitcoin se presenta como una tecnología disruptiva capaz de realinear los incentivos, proteger la privacidad y fomentar la cooperación sobre la violencia, catalizando la transformación de los códigos morales y normativos.

          El autor invita a reflexionar sobre la necesidad de adaptar las instituciones estatales a los nuevos desafíos tecnológicos y sociales, advirtiendo que el colapso del Estado no traerá mayor libertad, sino un escenario de caos y poder arbitrario. El artículo motiva su lectura por su análisis profundo y crítico sobre el futuro de la convivencia social y el papel transformador de Bitcoin.

          Summary

          The article explores the evolution of human social organization, focusing on the interplay between violence, trust, and the role of the State. The author argues that while the State has traditionally been the main unit exercising legitimate violence and ensuring social cooperation, the current political system's perverse incentives are eroding fundamental legal principles that have underpinned Western civilization.

          Key principles such as the presumption of innocence, equality before the law, protection of private property, privacy, and freedom of expression and enterprise are highlighted as being in crisis, weakened by overregulation, politicization of justice, and clientelism. The text emphasizes that these principles emerged from an evolutionary process of trial and error, not arbitrary imposition, enabling social survival and progress.

          The article contends that mass democracy and the FIAT monetary system have created incentives that foster corruption and institutional decay, endangering the State's legitimacy and peaceful coexistence. In this context, Bitcoin is presented as a disruptive technology capable of realigning incentives, protecting privacy, and promoting cooperation over violence, catalyzing the transformation of moral and legal codes.

          The author encourages reflection on the need to adapt state institutions to new technological and social challenges, warning that the collapse of the State would not bring more freedom, but rather chaos and arbitrary power. The article is recommended for its deep, critical analysis of the future of social coexistence and the transformative role of Bitcoin.

        Palabras clave

          Español: Bitcoin, Criptoactivos, Estado, Violencia, Confianza

          English: Bitcoin, Crypto-assets, State, Violence, Trust

        Introducción

          En el presente trabajo reflexiono sobre tres ideas principales. La primera radica en analizar nuestra forma de organización en sociedad y poner de manifiesto su relación con la violencia y la confianza. La segunda idea se centra en el poder disruptivo de Bitcoin y cómo altera los parámetros en los que han venido desempeñando su papel la violencia y la confianza. La tercera, a modo de conclusión, la necesidad de seguir contando con unas estructuras estatales fuertes, pero adaptadas a las nuevas circunstancias, si no queremos pasar por un escenario de violencia generalizada antes de que un nuevo entramado institucional, donde Bitcoin jugará un papel fundamental, reemplace al actual.

          De esta forma, se analiza la relación histórica y funcional entre la violencia, la confianza y la organización social, examinando la evolución del Estado como estructura destinada a gestionar el ejercicio de la violencia organizada y la resolución de conflictos en sociedades crecientes y complejas. Frente a la visión simplista que identifica al Estado como el origen de todos los males, aquí se sostiene que el verdadero problema no radica en la existencia del Estado como institución, sino en la dinámica degenerativa que lo atraviesa bajo los sistemas democráticos de masas actuales, donde los incentivos perversos de políticos y burócratas provocan el colapso institucional y moral del aparato estatal.

          Este fenómeno ha derivado en el progresivo desvanecimiento de principios jurídicos fundamentales —presunción de inocencia, igualdad ante la ley, protección de la propiedad privada, privacidad, libertad de expresión y de empresa— que durante siglos han constituido los cimientos de la civilización occidental. La captura de las instituciones por intereses particulares, sumada a un sistema monetario FIAT inflacionario y depredador, ha debilitado el marco normativo evolutivo que favorecía la cooperación frente a la violencia.

          Frente a esta crisis estructural, se plantea Bitcoin como una alternativa disruptiva, no solo como activo económico, financiero o monetario, sino como catalizador de una nueva normatividad espontánea basada en reglas tecnológicas inmodificables, capaces de reorganizar los incentivos económicos y jurídicos hacia un marco de cooperación más eficiente. En este sentido, Bitcoin es interpretado como una evolución tecnológica que redefine la gestión de la confianza y la violencia en sociedades humanas, que cabría calificarse incluso de imperativo moral.

          El objetivo de esta investigación es plantear y reflexionar sobre las siguientes cuestiones:

          ¿Por qué el modelo estatal moderno ha dejado de garantizar los principios jurídicos esenciales que sustentaban nuestra convivencia?

          ¿Cómo la tecnología Bitcoin reconfigura la relación entre violencia, confianza y cooperación en sociedades descentralizadas?

          ¿Puede Bitcoin actuar como fundamento de una nueva institucionalidad más eficiente, moral y resiliente que la actual?

          A través del análisis histórico, jurídico y económico, este trabajo propone reflexionar sobre el potencial transformador de Bitcoin como infraestructura de confianza que reemplace, o al menos complemente, al Estado tradicional en determinadas funciones esenciales.

        Metodología

          El presente trabajo adopta una metodología cualitativa y teórico-analítica, sustentada principalmente en la revisión crítica de literatura y el análisis histórico-comparativo. El objetivo metodológico ha sido identificar, interpretar y conectar los procesos históricos y jurídicos que explican la evolución del Estado como estructura de gestión de la violencia y la confianza, contrastando ese recorrido con el surgimiento de Bitcoin como alternativa tecnológica y normativa.

          El desarrollo de la investigación se ha articulado a través de los siguientes procedimientos:

          Análisis histórico-evolutivo del Estado

          Se ha revisado literatura especializada en historia política, sociología y filosofía jurídica para examinar el surgimiento del Estado a partir del tránsito desde estructuras tribales hacia organizaciones complejas. El análisis se ha enfocado en el papel de la violencia organizada y la necesidad de establecer mecanismos normativos capaces de gestionar relaciones sociales en ausencia de confianza directa.

          Estudio doctrinal del Derecho

          A partir de autores como Hayek, Leoni, Rothbard y Bastiat, se ha estudiado cómo los códigos jurídicos evolucionaron como soluciones espontáneas para facilitar la cooperación social. Se ha identificado que principios como la presunción de inocencia, la igualdad ante la ley o la protección de la propiedad privada se configuran como normas evolutivas orientadas a garantizar la supervivencia y el progreso colectivo.

          Diagnóstico crítico del orden jurídico contemporáneo

          Se ha procedido a un análisis crítico de las dinámicas políticas contemporáneas, evaluando cómo el sistema democrático de masas y el dinero FIAT han provocado un desmantelamiento progresivo de las normas jurídicas fundamentales. Este diagnóstico se ha basado en observación del contexto jurídico-político, acompañado de referencias doctrinales que explican el deterioro institucional.

          Análisis funcional de Bitcoin

          Finalmente, se ha estudiado Bitcoin desde una perspectiva institucional y normativa, evaluando su diseño como infraestructura técnica capaz de establecer reglas automáticas, inmodificables y consensuadas para la gestión de la propiedad y la cooperación descentralizada. Se ha interpretado el protocolo Bitcoin como una “normatividad inmanente” que permite reorganizar incentivos económicos y sociales.

          Comparación crítica

          Se ha contrastado el modelo institucional del Estado con el marco tecnológico de Bitcoin, destacando cómo este último reactiva principios jurídicos clásicos a través de un proceso espontáneo no estatal.

          A través de estos procedimientos, el trabajo persigue responder las preguntas de investigación planteadas y proponer Bitcoin como una herramienta potencial para redefinir la gestión de la violencia y la confianza en el ámbito social y jurídico.


      El problema no es el Estado

        En el ámbito bitcoiner es muy habitual que el Estado sea el blanco de las principales críticas, que se ve convertido así en el muñeco de paja al que dirigir nuestros palos. Pero no, en realidad el Estado es una piñata que está a punto de desmoronarse de los golpes que le pegan. Muchos de los movimientos "antiestatales" están contribuyendo, consciente o inconscientemente, a los intereses de los políticos que nos han llevado a esta situación.

        El Estado, con todos sus defectos, sigue siendo la principal unidad de ejercicio de la violencia organizada. Señalando al Estado como el origen de todos los males, no hacemos otra cosa que pegarnos un tiro en el pie, haciendo el caldo gordo a quienes trabajan para cercenar nuestras libertades.

        Lo que está claro es que los políticos actuales, de boquilla firmes defensores del Estado, lo que están haciendo es provocar su colapso. Puede que estos políticos, o algunos de ellos, incluso no sean conscientes del todo, pero da igual, pues simplemente priman sus intereses personales, como hacemos todos, intentando aprovechar los incentivos que están encima de la mesa. No es que quieran más Estado o que pretendan dinamitarlo, tanto una cosa como otra no son más que las consecuencias de los incentivos que subyacen a nuestra forma de organizarnos en sociedad en el contexto actual. Albert Rivera, en una reciente charla con Iván Espinosa de los Monteros, aludía a esta idea criticando las redes clientelares y de dependencia del Estado (1) que generan las actuales dinámicas políticas y adulteran el sistema democrático. Aunque, cabría dudar sobre si el propio “sistema democrático” tiene o no algo que ver con esta situación.

        En cualquier caso, no es que la mayoría de políticos sean malvados por naturaleza, aunque algunos puedan realmente serlo; hasta cierto punto es irrelevante. Sus acciones no están motivadas por su maldad, ni por su ideología o su estupidez, sino, simple y llanamente, por sus intereses personales y los del grupo con el que los comparten.

        Benito Arruñada (2) considera en esta línea que “es habitual que se atribuyan los problemas sociales, desde la corrupción al desempleo o al derroche del presupuesto público, a los políticos y las élites” y defiende “que esa atribución es simplista”, pues no es “la incompetencia o el egoísmo de unos pocos” la principal ni desde luego única causa de “muchos problemas sociales” que tenemos.

        Las ideologías que manejan los políticos se han convertido en nichos de mercado, en caladeros donde echar la caña a ver si pescan suficientes votos como para asegurarse su porvenir y el de los suyos. No importa si se creen o no esas ideas que defienden con tanta vehemencia como ausencia de plausabilidad, o si incluso si están a sueldo de intereses espurios. De cualquier forma, actuarán en función de lo que crean más conveniente para sus intereses personales y para que más peces caigan en sus redes. Véase, por ejemplo, como Albert Rivera (3), ahora que está fuera de la política, manifiesta que resulta evidente que el sistema de pensiones es una estafa piramidal, mientras que cuando estaba en política defendía lo contrario. O a Errejón (4), que sostenía la tesis de que no había denuncias falsas hasta que lo denunciaron a él.

        Como digo, no es que los políticos sean malvados o estúpidos (aunque haya algunos, o muchos, que entren en esas categorías), simplemente velan por sus intereses con las armas que tienen a su alcance y, como diría Vito Corleone (5), me es indiferente lo que un hombre haga para vivir. El problema es que esta dinámica está generando unas tendencias que se oponen al progreso que hemos generado como sociedad. Esas reglas de juego en la actualidad, convendremos, son inmorales, en el sentido de que actúan como una fuerza contraria a nuestra supervivencia y potencia de actuar y obrar (6).

      Origen del Estado como organización que supera el ámbito tribal previo a la revolución neolítica.

        Violencia y confianza

          José María Bermúdez de Castro (7) revela que “la violencia ha estado siempre presente en la historia de la humanidad”. La mayoría de autores vinculan la aparición del Estado, en mayor o menor grado, con la violencia. No en vano, Max Weber (8) sostenía que el Estado es “aquella comunidad humana que, dentro de un determinado territorio…, reclama (con éxito) para sí el monopolio de la violencia física legítima”.

          Podemos distinguir entre una violencia de carácter externo, como organización de defensa y ataque frente a otras tribus o grupos, y otra de carácter interno, para articular los mecanismos de resolución de conflictos que surgen en el seno de la organización.

          Como indica Adolfo Contreras, la confianza y su escalabilidad juegan un papel fundamental para nuestra vida en sociedad y poder relacionarnos entre nosotros, individual y colectivamente. En sentido parecido se manifiesta David McWilliams en su reciente libro “Dinero: Una Historia de la Humanidad” (9) , aunque hay que reconocer que tiene partes profundamente desacertadas, como cuando se refiere a la España que descubrió América o a Bitcoin.

          Bitcoin está en disposición de alterar sustancialmente nuestra vinculación actual con la violencia.

        Relaciones entre los diferentes grupos

          Las relaciones entre tribus, seguramente, serían de dos tipos: violencia para hacerse con los recursos de otros y defender los propios o cooperación para el beneficio mutuo.

        Relaciones internas del grupo

          En un régimen tribal, todos los miembros de la tribu se conocían y la mayoría estarían emparentados. En estos contextos, la confianza era un factor fundamental para la cohesión del grupo, pero cuando la organización supera el ámbito tribal, circunstancia que empieza a generalizarse con la revolución neolítica, empezamos a relacionarnos con gente que no conocemos y con la que no tenemos confianza. Podríamos decir que superábamos el denominado número de Dunbar (10). Esta pérdida o ausencia de confianza y la necesidad de relacionarnos hace, entre otras cosas, que la deuda (11) (para algunos la primera forma de dinero) no pueda desplegar su eficacia como posiblemente acontecería en sociedades más reducidas. De otro lado, la manera más común de resolver los conflictos en un contexto así es la violencia. Pero claro, una violencia de corte anárquica no es buena para la supervivencia del grupo y los individuos que lo integran. Fue entonces cuando iniciamos el camino para superar las limitaciones que la necesidad de confianza impone a nuestras relaciones. Bitcoin es el último capítulo que conocemos de este recorrido.

          En el ámbito interno de la organización podemos vislumbrar una tercera forma de relacionarnos para coordinar los sistemas anteriores (violencia y cooperación en interés mutuo): establecer un código de conducta, primero de corte moral y luego normativo, a fin de que la violencia no acabara destruyendo al grupo y se favoreciera la cooperación entre sus integrantes. Una solución evolutiva brillante que comenzaría incluso mucho antes de la Revolución Neolítica. Siguiendo a Spinoza (12), este código moral estaría vinculado con la supervivencia y progreso individual y colectivo. Así, de una manera más espontánea que no mediante imposición, las distintas comunidades iban construyendo un código moral para asegurar esa supervivencia y procurar su progreso. Pensemos que en aquella época la disyuntiva no estaba en discernir si nos compramos un Iphone o un Android, sino en sobrevivir o morir. No parece que se tratara de una imposición arbitraria, sino de un proceso evolutivo en el que las comunidades, de manera espontánea, fueron desarrollando reglas para garantizar su continuidad (13), de igual forma que surgieron y desarrollaron las distintas formas de dinero (14). La alternativa era la anarquía violenta, que se configura, como dice Adolfo Contreras (15), como la institución suprema o de último recurso para la resolución de conflictos, lo que ponía en riesgo la existencia misma del grupo y de los individuos que lo integraban.

          Una cuestión a destacar de este proceso, particularmente en el ámbito de las relaciones internas del grupo, es que cada comunidad desarrollaba códigos específicos adaptados a su entorno y experiencias particulares. Algunas normas en algunas comunidades podrían ser exitosas y, sin saber el motivo, en otras no. En el norte de Europa, cuando todavía no se dominaba la creación del fuego (16), el hecho de provocar que se apague el fuego que el grupo mantiene encendido debería considerarse como una violación extremadamente grave del código, mientras que esa misma conducta en latitudes más templadas sería objeto de una mayor benevolencia. Y este es un proceso que se va decantando a lo largo de miles y miles de años. Esas diferencias son las que, en gran medida, nos han hecho progresar, si destruimos nuestra diversidad cultural estaremos limitando las posibilidades de nuestro progreso, estrechando el abanico de posibles circunstancias futuras que tenemos para seguir evolucionando, en una suerte de endogamia suicida.

          Lo que en cada momento y lugar se precisa para la supervivencia es diferente, de ahí que, como se indica en El individuo soberano(17), “cada etapa de la sociedad requiere sus propias reglas morales para ayudar a los individuos a superar las trampas que conllevan las elecciones a las que se enfrentan con esa forma de vida particular.” Decía Spinoza que “las cosas solo son buenas, en la medida en que ayudan al hombre a disfrutar de la vida intelectual, que se define por la inteligencia. Por el contrario, cualquier cosa que impida que el hombre perfeccione su razón, y su capacidad para disfrutar de la vida racional, solo se llama maldad.” (Ética , Parte IV, Apéndice V). De esta forma, y siguiendo a Spinoza, las acciones humanas no se deben analizar con criterios morales, pues esos valores son creaciones humanas arbitrarias, sino, si acaso, con criterios de racionalidad.

          Bitcoin, como avance tecnológico, en principio podría calificarse de “amoral(18), de igual forma que es considerado como “neutral”(19) desde un punto de vista político(20). Pero lo cierto es que Bitcoin no necesita ese entramado moral. Los imperativos morales surgen cuando los incentivos no están bien alineados. Hay quienes incluso consideran a Bitcoin en sí mismo como un imperativo moral (21) (22).

          Siguiendo las tesis de “El individuo soberano”, el mandamiento de no robarás tiene como objeto proteger la propiedad de los propietarios, con unos incentivos probablemente desalineados con los no propietarios. Con la zanahoria de la vida eterna en el paraíso y el palo del infierno a perpetuidad en el caso de la religión, y la creíble amenaza que implican las normas del estado, se intenta que los individuos dejen de reconocer los rendimientos de la violencia, o al menos que esas promesas de premios y castigos terrenos y ultraterrenos hagan efecto en su ánimo para renunciar a la violencia. Son el incentivo que se intenta prevalezca sobre el rendimiento que proporciona la violencia. El individuo tiene que poner en la balanza uno (cielo/infierno/cárcel) y otro (rendimiento del robo/violencia) y elegir el que más le convenga.

          Como he explicado en otros trabajos (23), la Revolución Neolítica marcó un punto de inflexión en la historia de la humanidad. Hasta entonces, los seres humanos vivían dependiendo de la disponibilidad de recursos naturales, con una organización social relativamente reducida. Sin embargo, con el desarrollo de la agricultura y la ganadería y la generación de avances tecnológicos (la rueda), unido a una profunda transformación social, la organización social de los grupos humanos creció considerablemente.

        El camino hacia Bitcoin

          Uno de los efectos más trascendentales de este cambio fue la aparición de excedentes de producción. A diferencia de los cazadores-recolectores, que consumían lo que obtenían de la naturaleza sin acumular grandes reservas, las sociedades agrícolas y ganaderas empezaron a producir más alimentos de los que necesitaban en el momento. Este excedente permitió un crecimiento demográfico, la especialización del trabajo y la diversificación de la economía, pero también generó un nuevo problema: la necesidad de proteger esos recursos.

          Los grupos humanos sufrían a menudo el expolio de sus excedentes, ya fuera por tribus nómadas o por comunidades vecinas en busca de mejores condiciones de vida, y la violencia seguramente escaló de una forma considerable. Ante esta amenaza, los miembros del grupo acordaron delegar la defensa de los excedentes en ciertas personas especializadas en la guerra y el ejercicio de la violencia, dando lugar a los primeros guerreros o clases militares. Pero la defensa no siempre era suficiente: en algunos casos, atacar a otros grupos y apropiarse de sus recursos se convirtió en una estrategia eficaz para asegurar la supervivencia y el crecimiento de la comunidad, como muestra, por ejemplo, la expansión de Roma.

          Desde una perspectiva interna del grupo, a medida que la comunidad crecía, la confianza entre sus miembros comenzó a resentirse. En sociedades pequeñas, donde todos se conocían, el control social se basaba en la reciprocidad y la presión del grupo. Sin embargo, con el aumento de la población, surgió la necesidad de establecer un código moral que regulase la convivencia y redujera los conflictos internos. Inicialmente, este código estaba basado en normas de comportamiento transmitidas de generación en generación y que habían posibilitado la supervivencia del grupo y sus individuos.

          Con el tiempo, estos códigos morales fueron formalizándose hasta convertirse en códigos normativos, particularmente desde la aparición de la escritura, como muestran las Doce Tablas de Roma (24). El surgimiento de reglas explícitas permitió gestionar los conflictos sin recurrir a la violencia constante, estabilizando las estructuras sociales y facilitando la consolidación de lo que podríamos denominar los primeros Estados. La necesidad de encauzar la violencia vinculada con los conflictos derivó en la aparición de un código moral que procurara la supervivencia y progreso de la comunidad y de sus miembros que derivó en un código normativo, con las características de lo que podríamos denominar, en términos de la Escuela Austriaca de Economía, una institución social evolutiva, como el dinero, entendiendo por tal la institución que creó el hombre para satisfacer la necesidad social de intercambio y cooperación, de la que Bitcoin es su última y, hasta el momento, mejor manifestación, dejando a un lado la eventual falsa dicotomía entre reserva de valor y medio de intercambio, pues como indica Roy Sheinfeld, “su esencia es la misma”.

      Derecho y función jurisdiccional

        Nuestra convivencia en sociedades cada vez más numerosas y complejas, la pérdida de confianza derivada de este proceso y la aparición de conflictos generadores de violencia que hacían peligrar la supervivencia del grupo, hizo que de forma progresiva se creara, con un gran componente de espontaneidad, un código normativo que favoreciera esa supervivencia individual y colectiva. 

        Pero en cualquier caso surgían conflictos, y estos conflictos debían resolverse de alguna manera. El primer recurso sería la violencia, pero esta solución no es la mejor para asegurar la supervivencia, por lo que, igualmente de forma progresiva, los miembros de la comunidad empezaron a confiar en personas de elevada autoridad moral para dirimir los conflictos que surgían con base en el código que se estaba gestando. Eran personas especializadas en interpretar y hacer cumplir ese código normativo que se iba creando, elegidas por su sabiduría, experiencia o prestigio dentro del grupo, y su tarea principal era decidir qué hacer en situaciones de conflicto, basándose en precedentes y costumbres. Así se gestó el Derecho Romano del que somos herederos descastados. Ese es el origen de los jueces y no el de ser meros aplicadores de la Ley, que es en lo que pretenden convertirlos en el mejor de los casos, cuando no en meros operadores de agentes de inteligencia artificial (26) que serán controlados por los políticos, provocando, como indica Manuel Marchena, “el debilitamiento de cualquier de cualquier mecanismo de fiscalización de su propia actividad (27).

        Todo este proceso se vio acelerado con el desarrollo de la escritura que surgió con ocasión de la revolución neolítica y permitió codificar leyes de manera más clara, como ocurrió con el Código de Hammurabi en Mesopotamia (alrededor del 1750 a.C.), donde se establecían reglas precisas y castigos definidos para diferentes delitos. El origen de la función jurisdiccional, al igual que el dinero y otras muchas instituciones, fue dispar y descentralizado. En algunas sociedades esta función fue apropiada por el poder político, hasta llegar al extremo de la actualidad, donde más que un contrapeso empieza a parecer un apéndice camino de la prescindibilidad.

        Como señala Cristina Soto, según Hayek "El derecho romano, como la mayoría de los sistemas legales exitosos, no fue un producto deliberado, sino el resultado de un largo proceso de evolución. No fue creado de una vez, sino descubierto y refinado gradualmente a medida que los jueces trataban de resolver disputas de manera justa, basándose en las costumbres y prácticas prevalentes." (F. Hayek, Derecho, legislación y libertad, Vol. 1). En este sentido, Rothbard indica que "El derecho romano en sus primeros días fue una manifestación del orden espontáneo: un derecho consuetudinario que surgió de las prácticas y tradiciones comunes, siendo posteriormente formalizado por los jurisconsultos. Su fuerza provenía de ser una expresión del pueblo, no de los decretos del emperador." (Rothbard, El pensamiento económico antes de Adam Smith). Igualmente, Leoni nos dice que "El derecho romano no era tanto el mandato de los gobernantes como el reflejo de las costumbres sociales que evolucionaron de manera espontánea. Los juristas romanos desempeñaron el papel crucial de intérpretes de estas prácticas, asegurando que las normas legales no fueran una imposición arbitraria, sino una representación de los principios aceptados por la comunidad." (Bruno Leoni, La libertad y la ley)

        En la actualidad, la función de estos hombres, desafortunadamente, no presenta la trascendencia de aquellas épocas y, poco a poco, su función va desdibujándose, o alejándose de aquella concepción original. Bajo los parámetros actuales, los jueces no son los encargados de dar cuerpo a ese código que procure nuestra supervivencia y progreso, sino, en el mejor de los casos, asegurar el monopolio estatal de la violencia.

        La judicatura todavía conserva, en mayor o menor grado según los territorios, parte de su cuota de poder en las estructuras actuales del Estado. Otros grupos, como los políticos, son plenamente conscientes de ello, de lo que hace prueba en España la crónica falta de recursos que sufre la Justicia, el intento de que se configuren en torno a sus falsarias identidades ideológicas, así como la limitación de sus facultades, hasta el punto de que funciones claramente jurisdiccionales son cada vez más asumidas por los órganos del poder ejecutivo, es decir, por los políticos.

        No solo la facultad sancionadora, que ya en sí es algo que debería ser competencia exclusivamente de los jueces, sino que vemos figuras con una clara función jurisdiccional como los Tribunales económico-administrativos, las juntas “arbitrales” obligatorias (toda una contradicción) en materia de consumo o transporte, la Oficina de Patentes y Marcas, la Sección Segunda de la Comisión de Propiedad Intelectual, y un largo etcétera. En muchas ocasiones puede acudirse finalmente a un juez, pero en otras no, o se dificulta enormemente.

        Los milenios de prueba y error nos revelaron, al menos en la civilización occidental, que la existencia de un equilibrio de poderes era buena para la sociedad y sus miembros. Si, aunque sea en nombre de la sacrosanta democracia, se altera ese código generado a lo largo de los siglos deberemos atenernos a las consecuencias. Si no respetamos los principios y reglas que nos han permitido llegar a este grado de desarrollo (28), no podemos descartar que empecemos a involucionar en muchos aspectos.

        Los jueces han de ser los encargados de dirimir los conflictos con base en el código que favorezca nuestra supervivencia individual y colectiva. La generación de ese código ya no se produce de forma evolutiva y espontánea para procurar nuestra supervivencia y progreso, sino que es impuesta por un grupo de personas, en su gran mayoría profundamente inmorales, que solamente miran por sus intereses.

        Si los jueces claudican de su función originaria y se convierten en meros instrumentos de los políticos y clases influyentes, el retorno a escenarios generalizados de violencia mientras surja un nuevo sistema más moral y justo es inevitable. En las jornadas de formación de los jueces me imagino que se explicará la historia del juez Sisamnes (29), que ha sido objeto de diversas representaciones pictóricas como:

          Fig 1. (30)


          Fig 2. (31)

          Fig 3. (32)

          Hay que ser conscientes de que las reglas de juego actuales no son moralmente aceptables, pues no contribuyen a nuestra supervivencia y progreso, y que hay que cambiarlas. Los jueces pueden ser la última línea de defensa del Estado ante este colapso moral en ciernes, pues, como indicó Eugenio Ribón, Decano del Colegio de Abogados de Madrid, “una sociedad no puede sobrevivir sin confiar en sus jueces” (33).

      Derecho internacional

        Las relaciones entre Estados se basan principalmente en la violencia (o la amenaza de ella)  y, en segundo lugar, en la cooperación derivada de una relación simbiótica buscando el interés propio. Pero de momento no existe ese código moral que acaba convirtiéndose en normativo y es muy difícil, si no imposible, que surja con el diseño actual en las circunstancias presentes.

        En la práctica, las relaciones internacionales se rigen por el interés propio, donde la violencia es el elemento determinante y, en menor medida, el beneficio mutuo que deriva en cooperación. Como indica el diplomático D. José Antonio Zorrilla, en esta materia no se ha avanzado mucho desde la época de las cavernas (34).

        El Derecho Internacional carece de un mecanismo coercitivo efectivo y no es el fruto de una evolución orgánica basada en la prueba y error (35). A diferencia del Derecho interno, donde sus integrantes han acabado compartiendo la idea de crear una institución, Estado, que monopoliza la violencia legítima para hacer cumplir el código de conducta que se ha ido decantando, en la esfera internacional no existe esa estructura. Organismos como la ONU o la Corte Penal Internacional dependen de la voluntad de los Estados para ejecutar sus resoluciones, lo que los convierte en entes sin capacidad real de coerción. Un ejemplo claro de esta deficiencia es la impunidad con la que potencias como Estados Unidos, China o Rusia han desobedecido resoluciones internacionales sin consecuencias significativas. Por no hablar de iniciativas, cuando menos, altamente cuestionables como los juicios de Nuremberg, que desprecian principios básicos como la irretroactividad de las normas sancionadoras, expresado con el popular latinajo nullum crimen nulla poena sine lege.

        El Derecho Internacional es utilizado como una herramienta política y no como una norma universalmente válida. Los Estados lo invocan cuando les conviene y lo ignoran cuando no se ajusta a sus intereses estratégicos. Las intervenciones militares disfrazadas de "misiones humanitarias", las sanciones económicas o confiscaciones selectivas e intervenciones como la llevada a cabo en Venezuela en enero de 2026 (muy parecida a la que sufrió la Panamá de Noriega) evidencian que el Derecho Internacional no existe, o al menos no funciona. La historia demuestra que las naciones más poderosas lo reinterpretan o lo desestiman cuando se convierte en un obstáculo para su expansión o control geopolítico.

        La verdadera dinámica de las relaciones internacionales se fundamenta, principalmente, en la violencia o en la amenaza de esta, al igual que en los altos círculos de poder, cualquiera que sea su ámbito geográfico. Desde el equilibrio de poder en el siglo XIX hasta las quirúrgicas intervenciones actuales, pasando por la doctrina de la disuasión nuclear en la Guerra Fría, la estabilidad internacional ha dependido de la capacidad de los Estados para imponer su voluntad mediante la fuerza. Las guerras y los conflictos armados no son anomalías del sistema, sino expresiones naturales del mismo. Incluso en la actualidad, los tratados de paz y las negociaciones multilaterales solo tienen éxito cuando están respaldados por una correlación de fuerzas que obliga a las partes a aceptar un compromiso.

        Si bien afortunadamente en muchas ocasiones los Estados cooperan, esta cooperación es solo un reflejo de la maximización del interés propio. La creación de bloques económicos, acuerdos comerciales o pactos de seguridad responde a cálculos estratégicos y no a una adhesión genuina a principios normativos o morales, que son usados como mera excusa intervencionista, pues en nombre de la democracia se alían con tiranos liberticidas, con poco o nulo respeto a los derechos fundamentales y otros consensos básicos que se han decantado en la civilización occidental. La Unión Europea o la OTAN son ejemplos de cómo los Estados se asocian cuando esto les brinda ventajas concretas, pero no por un respeto intrínseco al Derecho Internacional.

        El Derecho Internacional, en consecuencia, no es más que una ilusión mantenida para justificar y disfrazar las verdaderas reglas que rigen el escenario global: la fuerza y el interés propio. En este escenario, el Derecho Internacional es, en el mejor de los casos, una herramienta retórica y, en el peor, una farsa conveniente. Como indica Marc Vidal, “cuando una superpotencia invoca a la seguridad nacional, el Derecho Internacional se convierte en nota al pie”(36).

        El antimilitarismo genera violencia de un tinte mucho más caótico y desorganizado que lo contrario, admitámoslo. Nuestra forma de organizarnos en sociedad está íntimamente ligada a la forma en que se organiza el ejercicio de la violencia, lo que depende en gran medida de los rendimientos extras que generen respecto de la cooperación y el cumplimiento de los códigos morales. Y si no, que se lo cuenten a los salvadoreños.

        No obstante, da la impresión de que China está cambiando la dinámica de las últimas décadas y decantándose por un modelo de relaciones internacionales basadas en mayor medida en la cooperación que en la violencia. De momento, parece que esta estrategia está dando sus frutos.

      El Estado y sus problemas

        Vivimos una época en la que asistimos a un retorcimiento de la realidad, hasta hacerla prácticamente irreconocible. Al frente de los gobiernos se sitúan personas, en el mejor de los casos, de una cuanto menos dudosa moralidad. Principios subyacentes a los códigos que se han decantado durante milenios que nos han permitido sobrevivir y llegar hasta donde hemos llegado son despreciados y abandonados.

        Las sanguijuelas del Estado, fruto del sistema de incentivos

          El enfrentamiento entre el jefe de la oposición y el presidente del gobierno no difiere mucho del que pueda haber entre Toni Soprano y Carmine Lupertazzi: una lucha por apropiarse de los beneficios del negocio criminal en el que ambos se encuentran envueltos. Pero como decíamos antes, no es preciso recurrir a la maldad para explicar su comportamiento, simplemente es el modo que tienen de ganarse la vida con las reglas de juego actuales y las circunstancias que les ha tocado vivir.

          Los incentivos estructurales subyacentes al sistema FIAT hacen que los gobiernos sean sumamente vulnerables a la corrupción y que el sistema se convierta en una cleptocracia, donde los más ladrones sean los más aptos para situarse en la cúspide de la sociedad. Enter otros muchos, los acontecimientos vividos en el verano de 2025 y enero de 2026 en España evidencian esta realidad que como pocas reflejan esta imagen que ha dado lugar a numerosos memes:

          Como decíamos al principio, no es que los políticos sean inmorales, es que los más inmorales son los que sobreviven y progresan.

          El sistema político actual facilita que el ejercicio del poder devengue en una forma mafiosa de apropiación de los recursos de los ciudadanos (38) que integran la sociedad, permitiendo a sus dirigentes, como indica Javier Pradera, perpetuarse en el poder y disfrutar (39) de un nivel de consumo y servicios equivalente al proporcionado por las rentas de un elevado capital. Pero incluso la mafia tiene su código de conducta (40), como la lealtad, “que es lo que suma en un partido político, y es lo que suma en el partido político al que yo pertenezco”, según indicó Reyes Maroto (41) a raíz del denominado caso Lobato: un socialista que decidió evidenciar notarialmente la encerrona que le estaban preparando sus compañeros de partido. Esta actitud es considerada desleal, seguramente de la misma forma que la intención de Ábalos de no compartir con sus compinches los frutos del negocio criminal en el que todos participaban. Como indica Dukenan (42), “la tendencia natural de los seres humanos es al tribalismo. Durante millones de años, no hemos sobrevivido siendo objetivos, sino leales. Y aún hoy es lo que nos sale de forma natural. Me pongo la camiseta de un color y empiezo a privilegiar a quienes también la llevan”.

          La corrupción, indica Pradera, surge del perverso funcionamiento de las democracias liberales, ya que "prende en el caldo de cultivo del derroche de un billonario dinero público, fruto de los impuestos y una deuda creciente". Como sentencia Luis Almagro, "la corrupción engendra corrupción, y a una velocidad más rápida que a la que la democracia puede defenderse", evidenciando que los mecanismos tradicionales de contención ya no son suficientes para contrarrestar este deterioro sistémico, a pesar de las estériles declaraciones de nuestros gobernantes. Juan Ramón Rallo va incluso más allá sosteniendo que la propia Ley es la que fomenta esa corrupción (43).

          Frédéric Bastiat consideraba al Estado como "la gran ficción (44) a través de la cual todo el mundo se esfuerza en vivir a expensas de todo el mundo", transformando las instituciones en "herramientas de privilegio personal y de abuso de poder".

          La corrupción se generaliza, pero no es solo que haya mangantes que trinquen unos cuantos euros, es que es la sociedad la que empieza a pudrirse como consecuencia lógica del sistema de incentivos a que obedece su diseño. Ese diseño, que podríamos denominar democracias liberales o de masas es el que no está a la altura de los tiempos que corren. Pudo estar bien por un tiempo, pero ya no nos vale. Los sistemas actuales deben adaptarse y evolucionar ante los desafíos contemporáneos, pues el marco que pudo haberse considerado adecuado en el pasado ya no satisface las demandas actuales de gobernanza y justicia social.

          La aplicación de los incentivos que subyacen a las reglas por las que se rige actualmente la organización estatal conduce inevitablemente a un deterioro en la legitimidad de sus secuestradas instituciones, para dar paso a una suerte de nuevo feudalismo, que implique la voladura, más o menos controlada, de la principal unidad de ejercicio de violencia que actualmente existe y que, de momento, es el Estado. En el camino, pasan cosas.

          Preparando este trabajo, me acordé de que hace ya más de 20 años, en 2001, realicé una comparecencia en la Comisión de la Sociedad de la Información y del Conocimiento del Senado de España (45). Me ha sorprendido leerme después de tanto tiempo, lo que dije entonces se puede contar como si se hubiera escrito ayer:

        “Por ventura o desgracia, todavía no contamos con el adecuado entramado institucional globalizado que vertebre adecuadamente la sociedad que está emergiendo, una sociedad que no nacerá al margen de la actual, una sociedad que integrará en su seno lo que llamamos la sociedad de la información…

        Internet… va más allá de lo que hasta ahora se haya llegado, pues nos introduce en un mundo, no ya global o mundializado, sino simplemente desterritorializado, es decir, que se desarrolla al margen de los territorios y donde sus principales identidades están llamadas a ser desterritorializadas o, al menos, como indica Muñoz Machado en su obra «Servicio público y mercado», territorialmente discontinuas.

        Pero, por ventura o desgracia, todavía no contamos con el adecuado entramado institucional globalizado que vertebre adecuadamente la sociedad que está emergiendo, una sociedad que no nacerá al margen de la actual, una sociedad que integrará en su seno lo que llamamos la sociedad de la información, es decir, Internet. Esta sociedad en red, acaso desvinculada de los territorios o al menos de manera distinta a como hoy lo vivimos, reclamará sin duda un nuevo pacto social, que ofrezca el entramado institucional necesario como para vertebrarse y defender adecuadamente los derechos fundamentales de sus integrantes. Pero hasta que llegue este momento viviremos momentos de incertidumbre, tiempos en los que no pocas relaciones se mantendrán, como de hecho ya ocurre, al margen del Estado, en un marco ciertamente caótico…

        En esta situación que se avecina, el papel de los legisladores nacionales ha de ser el de garante de los valores públicos y de los derechos de los ciudadanos. Hay que ser conscientes de que hasta que se desarrolle y consolide el sistema institucional estable a escala global, fruto de un nuevo pacto social que disipe la gran incertidumbre que acecha, los actuales representantes públicos, estructurados fundamentalmente con base en los Estados, son los que deben tener un papel fundamental en la estructuración jurídica, social y cultural de esa sociedad y han de dar adecuada respuesta y reflejo a los intereses de los ciudadanos y de las identidades que se forjen en el contexto desterritorializado, defendiendo los derechos fundamentales de las personas, dado que esa tarea no la van a asumir las grandes corporaciones, que son los principales actores del escenario desterritorializado que estoy describiendo. De otra forma, si los representantes estatales no asumen ese papel, surgirá indudablemente una grave crisis de legitimidad que hará tambalearse los cimientos de nuestro sistema institucional, pues cada vez serán más las personas y comunidades que no se sentirán identificados.

        Hay que ser más ambiciosos, es preciso adaptar nuestras instituciones a las nuevas condiciones de Internet y prepararnos para vertebrar la nueva sociedad que empieza a formarse. De otra manera, la pérdida de legitimidad de nuestras instituciones representativas será irrecuperable.

        El proceso deslegitimador… ha comenzado ya.

        …es necesario una toma de conciencia para abordar el estudio sobre la adaptación de nuestras instituciones y nuestro régimen jurídico al nuevo marco impuesto por Internet, respetando tanto nuestras tradiciones institucionales como las condiciones que han posibilitado la aparición y el desarrollo de la red de redes. El carácter desterritorial de Internet y de las relaciones que se presentan en el mundo globalizado implican la necesidad de contar con un adecuado entramado institucional que refleje y dé respuesta a los intereses, sobre todo los de las personas y sus derechos fundamentales. Hasta la consolidación de ese entramado institucional, garante efectivo de los derechos fundamentales de las personas, los principales poderes públicos, basados fundamentalmente en el Estado, son los únicos que se encuentran en condiciones de luchar por nuestros derechos en la caótica incertidumbre que reina en las relaciones desterritorializadas.

        Quiero finalizar mi intervención animando a todos los miembros de las Cámaras legislativas a asumir con responsabilidad el papel ciertamente difícil que el futuro cercano les depara. Nunca antes la tarea legislativa ha podido ser tan ambiciosa como ahora, pues cada Parlamento, desde unas bases y legitimidad estrictamente territoriales, so pena de languidecer hasta el olvido, ha de ser el que forje los cimientos de una sociedad territorialmente discontinua, de la que acaso no podrán disfrutar como tal hasta que ésta se encuentre lo suficientemente madura como para contar con un entramado institucional que defienda adecuadamente sus intereses y derechos. En definitiva, ustedes han de ser la gran esperanza para Internet.”

        Creo que no me hicieron mucho caso, pues, ciertamente, cada vez está más claro que nuestros representantes estatales no han asumido el papel que cabría esperar de ellos en estos tiempos de cambio. La crisis de legitimidad parece cada vez más inevitable.

        Yo no pierdo la esperanza en que las instituciones estatales recuperen su razón de ser, pero para ello es preciso cambiar por completo las reglas que determinan el sistema de incentivos. Eso pasa por modificar radicalmente el ejercicio de la política, lo que a su vez depende necesariamente de las urnas, y ahí es muy complicado competir. Personas como Milei o Bukele parecen indicar que el camino puede andarse, pero hay que reconocer su dificultad. La alternativa es el último recurso que antes comentábamos: la violencia.

        Muchos movimientos antiestatales han sido promovidos, consciente o inconscientemente, por aquellos que tienen un interés en debilitar al Estado como principal unidad de ejercicio de la violencia y en muchas ocasiones no son más que disidencia controlada. Al destruir el Estado o vaciarlo de contenido, no se logra una mayor libertad para los individuos, sino que se abre la puerta a poderes fácticos que operan sin regulación ni control democrático. En lugar de garantizar una sociedad más libre, esto conduce a un escenario donde las corporaciones, las oligarquías financieras y otros grupos de interés imponen su agenda sin apenas restricciones.

        Los políticos, lejos de ser los verdaderos amos del poder, son en su mayoría peones de un sistema de incentivos que los empuja a actuar según su interés personal. No es necesario asumir una conspiración global para entender este fenómeno; simplemente, los políticos responden a las reglas del juego en el que participan. Los incentivos que subyacen al diseño de estas reglas, en lugar de fortalecer al Estado como garante de derechos y equidad, lo conviertan en una estructura hipertrofiada que tarde o temprano colapsará bajo su propio peso, mientras su sangre y la de los ciudadanos que los integran es consumida por las sanguijuelas que nos parasitan.

        Roberto Iniesta, que tristemente no dejó en diciembre de 2025, nos recordaba en una canción que había “un tiempo en que cazar no era malo, era necesidad” (46). Cuando el hombre era una simple bestia más, no podía haber concepto de moral, del bien ni del mal. Ese discernimiento era algo que tenía vetado. Lo único que había era incentivos para hacer esto o aquello. Podríamos decir, siguiendo a Spinoza (47), que lo bueno era lo que nos ayudaba a sobrevivir y favorecía nuestra potencia de actuar y obrar, mientras que lo malo sería lo contrario. Puede que ir de caza con las reglas del sistema financiero actual, basadas en un sistema perverso de incentivos, sea, si no una necesidad, al menos una costumbre generalmente aceptada. Bitcoin es la “recortá” que pondrá fin a muchas de esas malas prácticas actuales. Algo que contribuirá a nuestra supervivencia y bienestar, tanto individual como colectivamente (como sociedad), pues, a diferencia del actual sistema monetario, alinea los incentivos en esa dirección. Desde esta perspectiva, Bitcoin es algo bueno y su destino es permear ese código moral que posibilita nuestra supervivencia y progreso.

        El engañabobos izquierda vs derecha y los ultramegaextremofascistas

          Muchos me habrán oído decir que, como decía Ortega y Gasset, adscribirse a la izquierda o derecha del espectro político es una auténtica imbecilidad, o un sinsentido como decía Escohotado (48). Lo era hace ya casi un siglo y la mayoría de la gente todavía no se ha enterado.

          Las diferentes ideologías no son más que los distintos saborizantes con los que se nos permite tomar la medicina. Es como poder elegir entre Tang de naranja o de limón y, si eres de los raritos, el tropical (en algunos países de Hispanoamérica creo que hay más sabores).

          Cualquiera que no comulgue con los dogmas convencionales (cambio climático, feminismo radical, welcome refugie, colectivismo…) es automáticamente tildado de extrema derecha, negacionista, machista, racista o fascista: la palabra mágica que todo lo soluciona.

          Entre quienes tildan de fascistas a los que cuestionan esta deriva, hay muchos que saben con toda certeza que están engañando a sus interlocutores. Pero también hay quien se cree toda esta pantomima. La disyuntiva de tener que elegir entre los distintos colores del colectivismo o el fascismo es completamente falaz. Entre otras cosas, porque el fascismo no es más que otra forma de colectivismo. En una entrevista que Pablo Iglesias hizo a Antonio Escohotado (49), quien le preguntó a Pablo si veía alguna diferencia seria entre bolcheviques y nazis. La diferencia más concreta que pudo identificar el ilustre podemita es que hubo unos que les ganaron la guerra a los otros. Ese mismo Pablo Iglesias, años antes defendió la tesis, pronto abandonada, de que "La política entre izquierda y derecha es una estafa” (50).

          Es preciso dejar de una vez por todas esas falaces diferenciaciones que conducen a un estúpido hooliganismo donde muchos prefieren a un gobernante profundamente corrupto y deshonesto, en vez a alguien honrado pero de un espectro político diferente, como criticaba Julio Anguita (51).

        Racismo. Welcome refugee

          Como indica Fernando Savater (52), "la única raza perseguida es la de los pobres. Al sultán de Brunei nadie la falta el respeto ni hay hotel en el que no le pongan una alfombra roja".

          Mike Tyson decía que todo el mundo tiene un plan hasta que le pegan un puñetazo en la boca. El incendiario discurso del Vicepresidente de los Estados Unidos (53), J.D. Vance, propinó ese puñetazo a los líderes europeos al afirmar que, de todos los desafíos apremiantes a que se enfrentan las naciones europeas no hay nada más urgente que la migración masiva, fruto de una serie de decisiones conscientes tomadas por políticos de todo el continente a lo largo de una década. Y en el mismo sentido se pronunció Donald Trump en la ONU en septiembre de 2025.

          Desde luego, el racismo, entendido como la creencia en la superioridad de una raza o grupo étnico sobre otros, es algo profundamente estúpido, o al menos, como indica el profesor Miguel Anxo Bastos, “un error intelectual” (54). Lo que sí tiene algo más de sentido es la diferenciación cultural, como ponía de manifiesto el malogrado Charlie Kirk (55). Debemos asumir que existen culturas diferentes y algunas están mejor adaptadas que otras para sobrevivir y prosperar, según qué circunstancias, según el entorno en que se desenvuelven. No es que haya unas culturas superiores a otras, el código normativo desarrollado por los habitantes de un sitio en unas condiciones determinadas puede que no sea el adecuado en otros contextos. Y esto no tiene absolutamente nada que ver con la raza ni con la superioridad o inferioridad.

          Las diferencias relevantes entre los grupos humanos no son raciales o genéticas (56), sino culturales. Y esa cultura incluye el código moral que se ha ido decantando durante milenios en su comunidad. Europa se encuentra importando culturas, códigos morales, diferentes a los que nos habían llevado a ser las sociedades avanzadas que fuimos hasta hace poco.

          Los miopes e ignorantes, los rednecks que dirían los estadounidenses, se fijan en el color de la piel, y eso les viene bien a quienes adoptan medidas que destruyen nuestra cultura y civilización, pues pueden tildarles, con razón, de racistas. Pero quienes cuestionan, no la raza, sino las diferencias culturales y morales, son metidos en el mismo saco que los ignorantes racistas.

          Sucede que las tesis raciales son utilizadas por unos y otros de una forma absurda. De un lado, tenemos al imbécil que se cree que porque su piel sea más blanca, negra o amarilla que la de otros es superior, algo profundamente desacertado. Pero aquellos que asumen que quienes critican las políticas migratorias son unos racistas incurren en una estupidez similar. En Europa y en España estamos asistiendo a la importación masiva de delincuentes y culturas que pretenden destruir la civilización alcanzada aquí, financiando la importación con los recursos que se extraen de la ciudadanía. El hecho de criticar esa situación no tiene nada que ver con el racismo ni, desde luego, con la pantomima de la izquierda y la derecha, como prueba el hecho que en España la única opción política que de forma más plausible se oponga a este camino, Frente Obrero, se alinee al extremo de los que se visten de rojo, aunque defienden en su programa que no son “ni izquierdas ni derechas”, pues están “en contra de una dicotomía que solo sirve para engañar a la gente con falsos enfrentamientos. Los partidos del sistema, de izquierda o de derecha, defienden los mismos intereses políticos, es necesario enfrentarse a ambos.”

          Europa, cuna de la civilización occidental, se encuentra en una evidente decadencia con políticas que cabe calificar de suicidas. Esta es la principal emergencia a la que nos enfrentamos, y no el “cambio climático”, expresión tan absurda como “agua húmeda”. La calentología se ha encumbrado a la categoría de impostada de superstición barnizada con una pegajosa pátina de pseudociencia para que aceptemos una vuelta de tuerca más en la pérdida de nuestras libertades.

          La importación de culturas contrarias a la forma en que hemos progresado pone en riesgo la supervivencia de la civilización occidental y de las diferentes sociedades europeas. Tanto el socialismo colorado como el turquesa han aceptado sin ambages el seppuku. Los que se oponen a todo eso son tildados de fascistas o nazis, pero lo cierto es que las opciones políticas que supuestamente van en esta línea (como VOX en España) lo hacen simplemente de boquilla para pescar más votantes a los que ordeñar. En nuestro país, como decíamos antes la única opción política que da la impresión de estar verdaderamente en contra de esta deriva suicida es el Frente Obrero de Roberto Vaquero, cuya adscripción ideológica hace ciertamente difícil que se les califique de fascistas. El tiempo dirá si acaban convirtiéndose en una disidencia controlada, como sucede en algunos casos del lado derecho de la cancha en este punto.

        Principios jurídicos que se desvanecen

          Los códigos morales y legales que sustentan la civilización occidental han surgido en su mayoría de un proceso espontáneo de prueba y error, no de mandatos arbitrarios. Esta tradición milenaria ha favorecido nuestra supervivencia y progreso; sin embargo, bajo la lógica degenerativa de la democracia de masas esos principios se relegan cuando resulta conveniente a los políticos de turno. Veamos algunos ejemplos.

          Separación de poderes. En octubre de 2025 se dio a conocer una iniciativa del Gobierno de España por el que se pretende reformar los procesos de instrucción en la jurisdicción penal, por la que, entre otras cuestiones, se atribuye al Ministerio Fiscal la instrucción penal, sustrayendo esa función a los Juzgados de Instrucción, y se limita de forma sustancial el ejercicio de la acción popular. Esta medida ha suscitado numerosas críticas por parte de numerosos juristas, como el Ilustre Colegio de la Abogacía de Madrid. La atribución de estas facultades al Ministerio Fiscal, sin asegurar su autonomía real y funcional respecto del Poder Ejecutivo supone, sin duda, un auténtico ataque al ya maltrecho principio de separación de poderes.

          Presunción de inocencia. El clásico principio nullum crimen, nulla poena sine lege queda prostituido por la prisa legislativa y la politización de los delitos. Leyes retroactivas, figuras jurídicas ad hoc (por ejemplo, el “derecho penal del enemigo” (58)) o la inversión de la carga de la prueba (por tecnicismos procesales) han convertido demasiados procesos en meras razias ideológicas. En la práctica actual, la ciudadanía es tratada como sospechosa permanente. Este estado de cosas traiciona la esencia de un orden basado en el Derecho: como advierte Hayek (59), bajo un verdadero Estado de Derecho el individuo “es libre de perseguir sus objetivos y deseos, con la garantía de que los poderes del gobierno no se usarán deliberadamente para frustrar sus esfuerzos”. Cuando esa garantía desaparece se mina la confianza ciudadana en la justicia y se rompe el frágil equilibrio en que descansa nuestro progreso.

          Igualdad ante la ley. La igualdad formal es la única compatible con la libertad. Parafraseando de nuevo a Hayek, “la igualdad en las normas generales de la ley y la conducta… es el único tipo de igualdad que conduce a la libertad”. En cambio, la democracia de masas suele otorgar trato desigual bajo la ley según los intereses políticos: leyes con indultos encubiertos cuando no abiertas amnistías, beneficios fiscales exclusivos, diferencias arbitrarias en sanciones o distinciones penales según ideología o condición social o cultural. Se sustituyen así las reglas neutrales por concesiones clientelares. Esta desigualdad legal fragmenta el principio fundacional liberal de que todos deben responder ante las mismas normas.

          Propiedad privada. La base de toda libertad económica es el derecho a conservar lo propio. Como enfatiza Bastiat, la personalidad y la propiedad de cada individuo son previas al legislador, de modo que “la tarea de la ley es proveerlas de garantías”. Pero en el sistema actual el poder político invierte la función de la ley: introduce impuestos confiscatorios, devalúa la moneda e inventa expropiaciones legales que anulan de facto el denominado derecho de propiedad. El resultado es que la propiedad deja de ser un derecho inviolable para convertirse en un botín a repartir. Este acaparamiento estatal del dominio, a menudo justificado en nombre del “bien común”, convierte a cada legislatura en una lucha perversa por el poder para dictar preceptos en beneficio propio. 

          Siguiendo en este sentido a García Trevijano (60), podemos decir que Bitcoin es una conquista del pueblo, una nueva Libertad, que dará lugar a nuevas leyes que la respeten. Y eso afectará a más instituciones jurídicas que integran nuestro código moral y normativo.

          Privacidad. La vieja noción liberal de un espacio privado inviolable se ha disuelto en una cultura de la vigilancia. Se invocan amenazas (terrorismo, blanqueo de capitales, protección de la infancia, salud pública, etc.) para justificar el espionaje masivo de ciudadanos, la colecta indiscriminada de datos y la intervención de nuestras comunicaciones. Se ignora que la libertad real exige recintos intangibles: es inconcebible que la ley pueda perseguir pensamientos ajenos sin violar la dignidad personal. El Estado moderno, con sus mecanismos digitales, reduce la persona a objeto de control. Esta intrusión sistemática en la intimidad contradice el ideal del Derecho como “salvaguarda de la personalidad, la libertad y la propiedad” (como enseñó Bastiat).

          Frente al entorno actual, Bitcoin ofrece al menos un alivio técnico: transacciones pseudónimas y descentralizadas que protegen la privacidad económica de la intromisión gubernamental, reintroduciendo un poco de anonimato en nuestras relaciones y actividad.

          Libertad de expresión y de empresa. En una república genuinamente liberal, las ideas fluirían libremente y los ciudadanos emprenderían sin pedir permiso. Hoy la libertad de expresión está supeditada a lo “políticamente correcto”. Se extienden delitos de opinión y filtros discursivos oficiales, lo que instaura un falso consenso. Paradójicamente, se usa el nombre de la ley para censurar controversias legítimas. De modo similar, la libertad empresarial se ve asfixiada por la hiperregulación: leyes invasivas, controles discrecionales, cuando no arbitrarios, y privilegios monopólicos deforman el mercado. El intervencionismo democrático beneficia a los fuertes y castiga al innovador.

          En conjunto, estos deterioros muestran una democracia que apenas disimula su reinado clientelar con retóricas liberales. Los principios legales que se forjaron durante milenios –presunción de inocencia, igualdad ante la ley, respeto de la propiedad, protección de la intimidad, libertad de expresión y de emprender– se ven hoy subordinados a las necesidades de poder de la casta gobernante. Si ignoramos esas reglas evolutivas que nos trajeron hasta aquí, corremos el riesgo de retroceder. Y todo se hace en el nombre de la sacrosanta democracia (61) un mantra que recuerda mucho al despótico lema de todo para el pueblo, pero sin el pueblo (62).

          En “El individuo soberano”, los autores argumentan que el Estado moderno está en crisis debido a que los avances tecnológicos y la descentralización que implican provocan cambios sustanciales en los rendimientos y formas de ejercicio de la violencia que, con mayor o menor éxito, ha sido (casi) monopolizados por los Estados. 

          Ahora, en la era digital, Davidson y Rees-Mogg sostienen que el Estado perderá parte de su control sobre la violencia, y que el individuo tendrá mayor soberanía sobre su destino, de manera similar a cómo las primeras sociedades neolíticas fueron desplazadas por estructuras estatales más complejas.


          Este proceso podría incluso llevarnos a pensar que estamos asistiendo a una nueva fase del proceso revolucionario que se inició en el Neolítico y que estamos transitando hacia sociedades organizadas de una forma muy diferente.

          Bitcoin era la guinda que le faltaba a ese pastel.

        La diarreica elefantiasis de la Ley

          Estamos sometidos a una hiperregulación asfixiante, particularmente en Europa, cuya producción legislativa, unida a la de los Estados Miembro, alcanza unos niveles ciertamente inauditos, como pone de manifiesto el informe de Mario Draghi (63) publicado en septiembre de 2024, donde se destaca que la rigidez administrativa y la proliferación de regulaciones dificultan la innovación y frenan el crecimiento empresarial. Muchas de estas leyes son inmorales, pues no contribuyen a nuestra supervivencia ni al progreso tanto individual como colectivo, ni son ya la expresión de la voluntad del pueblo, sino el reflejo de los intereses de quienes las aprueban.

          Las leyes (en sentido amplio) dominan gran parte de los aspectos de nuestras vidas y se han expandido hasta prácticamente eclipsar nuestras otras fuentes del Derecho: la costumbre y los principios generales del Derecho que, se supone, tienen un “carácter informador del ordenamiento jurídico” (64).

          En relación con el protoestado de la Unión Europea, en principio, la idea de una institución europea que transforme las relaciones de violencia en relaciones de cooperación y que surja un código de conducta compartido no parece mala. Uno de los problemas es que ese código de conducta, en su configuración actual, no es fruto de una evolución natural sino de la imposición. Además, los gobernantes europeos tienen el mismo sistema de incentivos perversos que los estatales. Y este sistema de incentivos implica la voladura de la institución desde dentro para favorecer el retorno a la violencia generalizada como principal forma de relacionarse. El problema no es la Unión Europea, el problema son los peones que, con la excusa de gobernarla, no hacen sino parasitarla hasta que perezca, como si de sanguijuelas se tratara.

          Pero esta aparente omnipotencia legislativa no puede alterar cosas como el teorema de Pitágoras o el peso atómico del oro. No pueden hacer que un cuadrado sea redondo. Las leyes podrán dificultar el acceso a este conocimiento y realidad, pero no los pueden destruir.

          Bitcoin, en última instancia, es conocimiento y realidad. Un nuevo marco fáctico para nuestra convivencia en sociedad, de forma que nuestro ordenamiento jurídico tendrá que adaptarse si es que queremos que sobreviva. Es lo que podemos denominar la normatividad inmanente de lo fáctico.

        La democracia, el retorno a la violencia

          En última instancia, la violencia es, como decíamos antes, la institución suprema o de último recurso para la resolución de conflictos. Gran parte de los que estamos bajo el paraguas de la civilización occidental, hemos vivido un proceso de prueba y error a la hora de establecer un sistema que favoreciera la cooperación sobre la violencia que ha pasado por el modelo de estado nación y democracia de masas, haciéndonos vivir el sueño de que vencería a la violencia hasta el fin de los tiempos. Pero este modelo de juntarnos, para sobrevivir y favorecer la cooperación, da la impresión de estar prácticamente agotado, en el mejor de los casos.

          La pérdida de legitimidad de nuestras instituciones, y su secuestro por los políticos del sistema de partidos, hacen que las mismas no sean útiles para nuestra supervivencia, cooperación y progreso. Los partidos políticos se han convertido en organizaciones mafiosas que se dedican a la extracción de recursos de la ciudadanía. El enfrentamiento entre los políticos no es más que una lucha por apropiarse de los beneficios del negocio criminal en el que todos se encuentran envueltos, un puro teatro para entretener a la audiencia y ordeñar sus votos.

          Si nuestras instituciones sociales no responden adecuadamente a la necesidad social de cooperación, mediante la organización más o menos racional del ejercicio de la violencia, ésta se encuentra llamada a desarrollarse al margen de aquéllas, camino de un colapso institucional (65). 

          En última instancia, una de principales diferencias entre estas instituciones y las organizaciones tildadas de mafiosas radica precisamente en los parámetros en que se desarrolla la violencia. En las “mafias” la violencia se manifiesta con unos tintes, digamos, más discrecionales que a los que estamos acostumbrados, pero como decíamos antes, tienen su particular código de conducta.

          Acaso la importación de culturas que todavía no han vivido utopía occidental, ni el código que nos ha llevado hasta aquí, pueda ayudarnos a despertar de ese sueño que parece mecernos.

          En cualquier caso, Bitcoin está llamado a alterar ese equilibrio inestable que manejan actualmente nuestros políticos como funambulistas descerebrados. Bitcoin enseña, verdaderamente, que es más rentable ser honestos que lo contrario y que la violencia quizás empiece a ser menos rentable que la cooperación. El dinero FIAT obedece a una concepción violenta de la forma de relacionarnos, sobre todo entre grupos o comunidades. El sistema de incentivos de Bitcoin hace que las acciones efectuadas en interés estrictamente individual redunden en un beneficio colectivo, cosa que, desde luego, no sucede con el dinero FIAT.

      Bitcoin: catalizador, no solución

        Como decíamos, las relaciones entre integrantes (colectivos o individuales) de una comunidad se producen en interés propio, basándose en la violencia, cooperación y códigos morales/normativos que requieren de una gran confianza, cuando no fe. Bitcoin altera (66) la forma en que hemos concebido la confianza necesaria para la cooperación y aplicación de los códigos, propiciando que la cooperación y cumplimiento de las reglas de juego sea más rentable que la violencia y, de esta forma, acabará permeando el código moral que racionalice esas relaciones, tanto las individuales como las intergrupales o, de momento, interestatales. Pero si no tenemos un entramado institucional con los incentivos bien alineados, se perderá eficacia en el proceso. Tenemos que vivir en una casa, tenemos que comer, tenemos que cuidar de nuestros mayores, tenemos que defendernos de las agresiones físicas… y todo eso se hace en el mundo real.

        De Dios abajo, cada cual vive de su trabajo” (67). Bitcoin hará lo que tiene que hacer, pero si nosotros no hacemos nuestro trabajo, será complicado que nos ayude y en cualquier caso el proceso será más lento y violento de lo que sería de desear. El problema no es la Administración Pública (llámese Estado o de cualquier otra forma), sino el sistema de incentivos que subyace a su diseño en las actuales y venideras circunstancias, provocando el secuestro del Estado (lo público) por parte de políticos y élites extractivas. Este sistema de incentivos y el código que de él se genera es moralmente reprochable, en el sentido de que, lejos de procurar nuestra supervivencia y progreso como grupo y como individuos, reman a contracorriente. Bitcoin podría funcionar a modo de enzima que catalice los cambios en los sistemas de incentivos que son necesarios para procurar nuestro progreso individual y colectivo.

        Bitcoin surge como una tecnología disruptiva capaz de alterar los incentivos tradicionales, no solo en el ámbito financiero sino también en el moral y social. Su diseño descentralizado, resistente a la censura y ajeno al control estatal o corporativo, propicia que la cooperación y el cumplimiento de las reglas sea más rentable que la violencia o la coacción. Al operar fuera del alcance de los poderes centralizados, Bitcoin puede catalizar la necesidad de nuevos códigos morales y normativos, permeando tanto las relaciones individuales como las interestatales o intergrupales.

        La sociedad podrá beneficiarse de esta tecnología, y sin duda provocará un cambio en muchas de las instituciones que usamos para relacionarnos, pero ese aprovechamiento sería mejor si las instituciones actuales son capaces de proteger derechos básicos en el mundo real: vivienda, alimentación, salud, seguridad física y jurídica. Sin ese entramado institucional, la potencialidad transformadora de Bitcoin puede verse limitada a nichos o situaciones de emergencia, sin lograr un cambio sistémico al ritmo que sería razonable. No podemos aspirar al colapso de nuestras instituciones para que surjan otras más morales, que contribuyan a nuestro progreso social y colectivo. Si el Estado actual colapsa, lo que vendrá después no será una utopía libertaria, sino un escenario donde los actores privados más poderosos impondrán su voluntad sin resistencia efectiva. La solución no está en destruir el Estado, sino en reformarlo y blindarlo contra su captura por intereses contrarios a sus ciudadanos. Un Estado fuerte y bien diseñado es la mejor garantía de que los individuos puedan desarrollar su vida en un entorno de estabilidad y justicia. La crítica al Estado debe ser precisa y constructiva, orientada a mejorar su funcionamiento y no a desmantelarlo por completo, ya que su desaparición solo beneficiaría a quienes desean un mundo sin reglas en el que impere la ley del más fuerte, es decir, el que más y mejor pueda ejercer la violencia.

        Decía Ortega y Gasset que “yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo”. Nosotros somos nosotros y nuestras circunstancias. Nuestra sociedad, al igual que cada ser humano que la integra, no es una entidad acabada, sino un ente que debe construirse a sí mismo a través de sus acciones y decisiones. Bitcoin es una de las circunstancias que debemos tener en cuenta para ello. Por su parte, Lenin sostenía que toda la historia se compone precisamente de acciones de individuos que son indudablemente los actores, si bien el verdadero problema radica en saber qué condiciones aseguran el éxito de esta actividad, qué garantiza que esa actividad no resultará un acto aislado que se pierda en el mar de los actos opuestos (68).

        En cualquier caso, podemos concluir con que el modelo estatal actual, lejos de garantizar los principios jurídicos esenciales que facilitaron el progreso humano, actúa hoy como un mecanismo degenerativo que vulnera sistemáticamente esas normas básicas. La presunción de inocencia, la igualdad ante la ley, la protección de la propiedad privada y la privacidad personal son principios que, en lugar de preservarse, han sido subvertidos por estructuras políticas que responden a incentivos perversos derivados del dinero FIAT y el sistema democrático de masas.

        Los principios que nos han llevado hasta aquí, no surgieron por diseño estatal, sino fruto de un proceso evolutivo de prueba y error a lo largo de milenios. Como enseñan Hayek o Leoni, el Derecho eficaz es aquel que refleja reglas generales, impersonales y previamente conocidas, derivadas de la práctica social espontánea. En contraste, el Derecho positivo actual, sometido al capricho político, ha roto esa cadena evolutiva y opera como herramienta de control social y captura de recursos.

        En este contexto, Bitcoin emerge como una solución tecnológica que reorganiza el marco de cooperación. Su protocolo, descentralizado y distribuido, entraña un código normativo basado en reglas técnicas que no requieren confianza previa ni autoridad central. Bitcoin reactiva, desde una lógica puramente funcional, principios clásicos como la inviolabilidad de la propiedad, la igualdad ante las reglas y la neutralidad institucional. En este sentido, Bitcoin puede interpretarse como el germen de una nueva infraestructura jurídica inmanente, comparable a los códigos consuetudinarios que sirvieron como cimientos del Derecho romano.

        El Estado moderno se ha convertido en un actor disfuncional, contribuyendo a la descomposición del marco jurídico esencial para la cooperación social.

        Bitcoin no es solo una moneda alternativa, sino una arquitectura normativa descentralizada que permite restablecer principios jurídicos fundamentales de forma autónoma frente al poder político.

        La transición hacia un sistema más justo y cooperativo no requiere la desaparición del Estado, sino su redefinición como estructura auxiliar frente a nuevas formas institucionales surgidas del código abierto y la descentralización.

        El potencial de Bitcoin como catalizador normativo es considerable, pero enfrenta importantes limitaciones. Su adopción aún está restringida por barreras técnicas, políticas y culturales. Bitcoin no puede entenderse como sustituto integral del Estado, sino como un componente crítico dentro de un proceso más amplio de transformación institucional.

        Resulta necesario investigar cómo integrar el marco descentralizado de Bitcoin en las estructuras institucionales existentes, preservando funciones esenciales del Estado que garantizan derechos básicos en el mundo físico. Asimismo, es fundamental explorar cómo las tecnologías descentralizadas podrían contribuir a la creación de nuevos marcos jurídicos internacionales capaces de regular relaciones interestatales sin depender exclusivamente de la violencia.

        Bitcoin puede ser interpretado no solo como innovación económica, sino como vector institucional capaz de catalizar un nuevo ciclo evolutivo hacia formas de cooperación humana más libres, resilientes y eficaces.

      Referencias

        En las notas a pie de página se encuentran las fuentes que me han servido para hacer este trabajo. En este apartado, de una manera algo más formal, pero apartándome un poco de la ortodoxia académica, enumero las principales.

        Aguiló, J. (2018). En defensa del Estado constitucional de Derecho.

        Andreen, F. (2024). Destruyendo la ilusión occidental de democracia.

        Bastiat, F. (1850). La ley

        Bunney,  S. (2022). La moralidad de Bitcoin.

        Contreras, A. Diversos artículos que se mencionan en el artículo. Adolfo es también el principal editor de la traducción al español de “El individuo soberano”.

        Davidson, J., & Rees-Mogg, W. (1997). The sovereign individual: Mastering the transition to the information age.

        Englund, P. (2024). Opting In: How Bitcoin Appeals to the Old System’s Deepest Flaw to Radically Transform It.

        Graeber, D. (2021). En deuda: Una historia alternativa de la economía.

        Hayek, F. A. (1973). Law, legislation and liberty. Volume I: Rules and order. University of Chicago Press.

        Iniesta, R.. Letra de la canción referida: “Tiempo de caza”. Extremoduro.

        Leoni, B. (1961). La Libertad y la Ley.

        Maestre, J. Diversos artículos publicados en su Blog.

        Marchena, M. (2025). La justicia amenazada: Retos del derecho en una sociedad en conflicto.

        Martínez, C. (2018) La sorprendente historia genética de los europeos. Conferencia.

        McWilliams, D. (2024). Dinero: Una historia de la humanidad.

        Rallo, J. R. Diversas menciones a su Vlog de Youtube.

        Rothbard, M. N. (1995). An Austrian perspective on the history of economic thought. Volume I: Economic thought before Adam Smith.

        Savater, F. (1991). Ética para Amador.

        Sheinfeld, R. (2024). Bitcoin’s False Dichotomy between SoV and MoE.

        Soto, C. Responsable del Vlog LIBERALISTICO. 

        Spinoza, B. (1677). Ética demostrada según el orden geométrico.

        Szabo, N. (2002). Shelling Out: The Origins of Money.

        Torres, S. (2024). La corrupción: un mal endémico de las democracias liberales.

        Vargas-Machuca, R. (2014). La corrupción de los partidos: hipótesis confirmada (2014). Donde cita a Javier Pradera y su libro “Corrupción y política”.

        Weber, M. (1919). La política como vocación.

      Notas al pie de página